Vivir en el mundo

A la mitad de mi tercera década de vida, me he impuesto a mí mismo la ardua tarea de sumergirme en el tacho de los desperdicios, buscando rescatar algunas palabras sueltas, algunos instantes sin importancia, algunas ideas abolladas. Desconozco el resultado final de dicha labor y no pretendo ni siquiera convencerme de su dudosa utilidad. Me siento un poco como el náufrago que encomienda al océano su última botella, nada más para preguntar qué horas son en Estambul. Si lo que buscas son respuestas – oh estimado lector – entonces has llegado al lugar equivocado. Tengo, eso sí, unas cuantas dudas que compartir. Espero sinceramente que nos sean de provecho a ambos.

Última voluntad

Yo que he jurado no jurar en vano

ante la tenue llama de la aurora,

y que he despreciado al ave canora

tras compararla con el cruel milano.

 

Yo que he añorado lo que no se añora

y aborrecido lo que está a la mano,

yo que hoy me rebelo contra el arcano

que en silencioso abrazo me devora.

 

Yo que soy quien soy – en resumen llano –

siento que la vida se me evapora

como el sudor en el cabello cano,

 

mientras un postrero suspiro implora

por piedad, que el final llegue temprano

y no sea tan áspera mi última hora.

Cunninghamiana

Me encontrarán un día

botado al amanecer

a orillas de aquel camino.

Mis dedos no serán más raíces,

los ojos que hoy me habitan

me habrán despreciado,

y mi cuerpo de madera blanda

pagará por fin su deuda con el barro.

Dejará entonces la brisa

de anidar entre mis barbas.

Casuarina despeinada.

Quiromancia

Cada trazo

de cada letra

– la inclinación de la p lo dice –

es a la palabra,

lo que las líneas

de mi mano

son a mí.

Nada.

La carga de mi cabeza

Mis manos están cansadas

de las uñas a las venas.

Dedos chatos e insensibles,

puños torpes, que de tensos

ya ni aprietan.

Al plomo de la fatiga

crece la carga de mi cabeza.

Hombros insostenibles,

huesos como de manteca,

y un sabor a fierro viejo

en la punta de la lengua

Certeza

Despacio,

poco a poco,

como el sólido ariete

de la gota de agua

que pulveriza montañas.

Paciente,

seguro,

como la roca que espera

pues sabe que nada ha de perder.

Sereno,

infalible,

como el soplo de aire

que, más pronto o más tarde,

termina por reventar los globos.

Potente,

corrosivo,

como el fuego

o el ácido,

que sin piedad

nos escaldan por dentro.

El curso de las horas

labra surcos en mi ceño.

Cancioncilla

Y yo que me crié en el regazo

de un elefante dormido,

entre leche regada en manteles

largos, pan de dulce

y paseos los domingos.

¡Vuelve noche

de las cosas sin filo!

Hoy pido prestados unos dientes

que hasta hace poco eran míos,

para masticar mis migajas

y sonreír a los rufianes

entre los cuales mendigo.

¡Salve día

de navajas y cuchillos!

Un espejo

(Para celebrar tu vida)

En este sitio

debería haber

un espejo.

(Y para señalar tu muerte)

Más para allá

una estaca

clavada en el suelo.

Migraña

Se vive en el dolor

como en una plancha

con cinco puntas:

Con los párpados clausurados

por la presencia

de un aguijón de cristal cortado

hirviente,

y no sé que aletear

de golondrinas sin cabeza

Zapatos

Y la verdad es que yo

– por formación

o deformación –

aprendí a hacer poesía

como quien se calza unos zapatos.

Por que la poesía es eso nomás,

unos zapatos que les dan

a mis pies la textura

que necesitan para brincar

y andar

por esas calles llenas de caricias

y silbatos.

Las pulgas

Las pulgas horadan con un ejercito de dientes

el plomo fundido de la madrugada.

Vienen peregrinas,

(de no sé dónde a no sé dónde)

sin importarles apenas los peligros

del dedo que rasca

con uña implacable;

el mar ardiente de alcohol en el pellejo;

o el milagro maldito del D.D.T.

Locas, como hilos fuera de la madeja,

se abandonan a su hambrienta guerrilla

y nos dejan desmañanados,

con una comezón

en la esquina inferior izquierda

del alba.